martes, 21 de julio de 2020


EL TURISMO SOCIAL Y LAS COLONIAS DE VACACIONES:
patrimonio social argentino.
Lic. Ana Claudia Simes
( Escrito para la Junta de Historia y Patrimonio Natural de Tanti )

Comunicar la historia es fomentar una memoria colectiva que nos brinde identidad. Hoy busco compartir con ustedes un breve recuerdo de cómo se fue construyendo en nuestro país un patrimonio social y turístico digno de valorar: las colonias de vacaciones.
Hacia fin de siglo XIX y principios del XX, sólo los viajeros de una clase social con ciertos privilegios económicos eran los visitantes que gozaban de vacaciones en sus casas de veraneo o incipientes hoteles  rodeados de comodidades y roces sociales de la época, tanto en la costa de Buenos Aires como en nuestras Sierras cordobesas. En esos años, uno de los avances más significativos en materia de legislación para el desarrollo del turismo fue la creación de la Dirección Provincial de Turismo en 1938, que tenía como fin emprender diversas acciones, todas ellas ligadas a la organización y el fomento del sector. Esto dio lugar a nuevas formas de prácticas turísticas a partir de las nuevas políticas estatales al respecto ( líneas férreas, asfalto de rutas, estaciones de ómnibus… ). En este sentido, posteriormente, los  cambios en la legislación laboral durante la década del 40 fueron la base del fomento de las vacaciones cada vez más populares en la República Argentina. El veraneo dejó de ser un privilegio de sólo una clase para avanzar en un derecho de todos los trabajadores, eso que los historiadores llaman el Turismo Social.
“El turismo social debe entenderse como una modalidad del turismo donde se brinde a los usuarios un momento de plenitud de vida, que contribuya a la afirmación de los valores vinculados a la cultura y la espiritualidad, para que propicie la transición hacia un mundo más racional y solidario”… (1)
Fue el Estado Nacional de esa década el que planificó la llegada de una nueva modalidad de turismo en Argentina: “La primera norma jurídica que puso en marcha los programas de turismo social fue el Decreto 33.302 de 1945 que creó el Instituto Nacional de las Remuneraciones, implantó el “salario vital mínimo” y el “salario básico” y dispuso la obligatoriedad del pago del sueldo anual complementario del que recaudaba el 3% con destino al financiamiento de planes de turismo social”(2)
 En esta expansión del rol del Estado en el ámbito de la dinámica entre el tiempo de trabajo y de ocio, las leyes y decretos habilitaron el surgimiento y/o crecimiento de los sindicatos, los cuales comenzaron a invertir en el denominado turismo social. Así llegaron a los destinos turísticos las COLONIAS DE VACACIONES.
Antes de la mitad del siglo XX, surgió entonces una nueva modalidad de turismo: el de las clases populares  trabajadoras, asalariados de una pujante industria nacional. El Estado Nacional invirtió en hoteles, caminos y propaganda, en la búsqueda de que la actividad dejara de ser una exclusividad de las elites y se convirtiera en un acto de democratización del turismo.





Se puede decir que la meca del Turismo Social en Argentina fue la Colonia de Chapadmalal, en la cual se recibía gente proveniente de todos los rincones del país, la cual ha quedado parcialmente en ruinas y el abandono debido a políticas desinteresadas en su desarrollo.  En la Provincia de Córdoba –y corriendo la misma suerte- se puede mencionar a los Hoteles de Embalse en Calamuchita. Y en el Valle de Punilla también las colonias de vacaciones tienen mucha historia que contar, edificios que conformaron unidades turísticas y productivas, con mucha mano de obra local, generando trabajo y dando dinamismo económico de tipo regional. Por la dimensión de su arquitectura y por el objetivo de representar una conquista social para el pueblo argentino, las colonias de vacaciones son un verdadero PATRIMONIO turístico, edilicio arquitectónico, cultural y social de nuestro país, colmado de historias que tejieron la trama del territorio nacional o provincial.


Bibliografía:
(1)(2)“100 Años de Turismo Argentino”. Primera edición Abril de 2008 Autores Varios Compilador: Lic. Alejandro E. Lara Producción: Lic. Martín D. Murcia Diseño Proia (c) Editorial Proia. Buenos Aires Argentina. Pág.75


martes, 14 de julio de 2020


EL REGISTRO DE LAS EPIDEMIAS 

POR EL CAMINO REAL

Lic. Ana Claudia Simes. Tanti. Córdoba. 2020.

( Escrito para la Junta de Historia y Patrimonio Natural de Tanti )

Transmitir y comunicar los hechos del pasado tienen un rol tan importante como asignar al legado histórico y su patrimonio una función de memoria y conocimiento en la vida actual y colectiva. Por ello, nunca tan oportuno es dar una mirada al registro de las epidemias de la época colonial en América ( más precisamente Córdoba ) y su relación obligada con Buenos Aires y ésta con el Viejo Mundo. Un puerto en Buenos Aires a mar abierto, barcos con tripulantes muchas veces afiebrados, falta de higiene, mala alimentación, sequías prolongadas o tremendas inundaciones propiciaban las enfermedades que solían confundirse en el imaginario social con castigos divinos. Si bien las distancias entre los poblados ayudaba a desalentar los contagios, era el traslado de mercaderías y personas desde el puerto por los caminos del interior del Virreinato las que desparramaban las pestes.
“Los puertos fluviales y el llamado Camino Real –que conectaba las principales ciudades- eran útiles al transporte de mercancías y personas, pero también vehículos para diseminar enfermedades”(1).
Josefina Piana, Dra en Historia, agrega al respecto (2): “En el Colegio Máximo y las Estancias Jesuitas de Córdoba, los hermanos estaban atentos a enfermedades y epidemias.” Según los datos ofrecidos, el Colegio Máximo contaba con una Botica y Enfermería y en las Estancias del Interior de Córdoba estaban los “Barberos”, instruídos por los boticarios para realizar las curaciones y cuarentenas. Según consta en los archivos, se utilizaba pólvora para cauterizar las heridas, tenían balanzas, morteros y frascos. Se tienen datos de las epidemias de 1720, 1735, 1745 y 1755, que al menos duraron dos años. “Eran epidemias que ingresaban por el Puerto de Buenos Aires -indica Piana- y se transmitían por los caminos de los intercambios de bienes y personas y se expandían por las Misiones y Estancias”. En ocasión de epidemia, el azufre era utilizado como antiséptico y para purificar ambientes. Había gallinas y huevos para los enfermos y gran cantidad de lienzo para los entierros…



Son variados los registros de las epidemias ocurridas en la zona de tránsito que constituía a nuestra región, entre ellos, los historiadores han recurrido a “Las Cartas Anuas” -informes al General de la Orden Jesuítica- que relataban la labor desarrollada tanto en las misiones guaraníticas como en los colegios y estancias. También son valiosos los informes oficiales, civiles o eclesiásticos, memoriales, solicitudes a la corona.



Cabe citar como ejemplo,  la “Peste Grande” con origen en la ciudad de Buenos Aires entre 1717 y 1719.  Las Anuas reafirman la presencia de la epidemia en Córdoba para el año 1718: “Vamos a hablar ahora del año de 1718, el cual ha sido por su mitad muy triste para los habitantes de la ciudad y sus alrededores por los estragos de la peste”(3). Allí se informa al General de la Orden que murieron en la ciudad dos sacerdotes -en julio y agosto de ese año- y un hermano coadjutor falleció en noviembre, cuando “fue enviado a socorro de los indios y morenos de servicio en nuestra estancia de Santa Catalina”….“la peste ha causado aquí atroces estragos hasta 300 millas a la redonda y se ha llevado muchos miles de personas” y agregaba que sólo la Compañía había perdido 325 esclavos” . Los informes enviados por los jesuitas también mencionan que la epidemia se habría extendido a Santiago del Estero, donde murieron tres miembros de la Compañía. La enfermedad avanzó aún más, tal como consta en el informe del gobernador del Tucumán al Rey, donde al pasar se refiere a ella diciendo “la epidemia que padecen estas provincias por castigo de nuestras culpas”. Habría llegado también a Tarija y a las misiones de Chiquitos, según consta por la muerte de misioneros debidas a “la peste que hubo en aquellas provincias” .
Los contagios no respetaban ningún orden social, pero en general morían los más vulnerables, entre ellos los negros esclavos e indios en servicio…
No sé ustedes, pero en lo personal, repasar la historia siempre me da la sensación de estar hablando del presente, al menos en los grandes trazos que son los que pudieran volver a reproducirse…




Bibliografía:
(1)    Frías, Susana R., Montserrat, María Inés. “Pestes y muerte en el Río de la Plata y Tucumán (1700-1750)” [en línea], Temas de Historia Argentina y Americana 25 (2017). Disponible en: http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/revistas/pestes-rio-de-la-plata-tucuman.pdf
Pág. 32
(2)    PIANA, Josefina. Dra. en Historia( UNC ). Curso Patrimonio Histórico Argentino. ( Periodo Colonial ) Clase 3. https://www.youtube.com/watch?v=vLvbRR9bw74&list=PL-3RziZ0N95D6hdETmZsrMG-X9jjGbsl0&index=4&t=0s
(3)    Pág. 44



martes, 7 de julio de 2020


COMUNICAR PARA “PONER EN COMÚN”

Lic. Ana Claudia Simes
Para la Junta de Historia y patrimonio Natural de Tanti


La palabra comunicación procede del latín “communicare” y significa “COMPARTIR, PONER EN COMÚN”.  Partiendo de la idea de que TODO COMUNICA, que la NO comunicación es impensada y que a través del proceso de la comunicación fluye la energía de los seres vivos en su producción y su entorno, les propongo en este primer contacto, busquemos  en Tanti ( nuestro territorio común ), algún signo comunicacional, un elemento o una memoria que nos una en comunidad.
No está de más repasar el concepto y devenir de la comunicación, que nació con el ser humano, como una capacidad innata, natural, propia de la especie y ha evolucionado con ella al ritmo de los distintos períodos históricos. Pensamientos, sentimientos, necesidades e ideas han sido transmitidos  desde los primitivos a través del lenguaje de los sonidos, la voz, lo visual ( gestos y acciones ), uso de las imágenes en representación del entorno ( arte rupestre )…
A partir del surgimiento de las civilizaciones, los grupos humanos comenzaron a intercambiar información utilizando sistemas de escrituras usando el alfabeto ( símbolos e ideogramas en papiros y pergaminos ).  Las antorchas en tiempos de guerra, mensajeros de a pie,  señales de humo, palomas mensajeras…
El papel y la imprenta abrieron el camino de la comunicación masiva, luego fueron surgiendo el telégrafo, el correo, el teléfono, la radio, la fotografía, el cine, la televisión, computadores, procesadores, mini computadores, chips de memoria, satélites, internet, señales digitales llevando los contenidos a toda velocidad, a todos lados, de manera simultánea, con retroalimentación constante…
Pero la comunicación va más allá de la transmisión de la información a través de las diferentes tecnologías disponibles o de los diferentes canales  reunidos en códigos.  La comunicación está en todas las esferas de las relaciones humanas: vínculos personales o comunitarios, mediados por una CULTURA que amalgama las formas, los modos, los tiempos,  los espacios  y los roles sociales de la transmisión de emociones o saberes, costumbres y tradiciones compartidas.
Todas las disciplinas humanas van dejando su legado COMUNICANDO, es decir,  CREANDO VÍNCULOS. La historia, la arquitectura, las artes, los oficios, las creencias, las ciencias comunican todo el tiempo y nos CONECTAN en sociedad,  reuniendo a los humanos entre si, en redes infinitas logrando socializarnos como necesidad primaria.
 El Patrimonio Histórico cultural de una comunidad contiene entre sus muros millones de voces, de manos, de acciones, de mensajes que merecen ser constantemente decodificados, recordados, valorados y cuidados, al igual que su entorno natural, el Patrimonio Ambiental, que es  aquel que nos preserva como especie y nos otorga el espacio más saludable para “PONER EN COMÚN” el destino de una comunidad.
Entonces, veo muy oportuno señalar algunos signos, huellas que los originarios de la zona de las Sierras de Córdoba nos dejaron como MENSAJES petrificados, imborrables de nuestra historia en común: morteros y conanas sobre el arroyo Tanti, una expresión de una comunidad que hace unos siglos atrás compartía los mismos espacios que ahora recorremos a diario en nuestra localidad. SIMBOLOS que evidentemente NO PUEDEN DEJAR DE COMUNICAR una historia en común.